martes, 19 de abril de 2016

La cordura de Soledad Gallego Díaz y la imbecilidad publicitaria

La voz sensata y reflexiva de Soledad Gallego Díaz destaca entre la maleza de opinadores con complejo de macho alfa o de madre superiora avinagrada. He escuchado con interés su opinión sobre la entrevista que hizo Jordi Évole el domingo pasado a Arnaldo Otegi.

Ni tiempo me ha dado a procesar la última palabra de Soledad Gallego. Sin solución de continuidad, un actor que representaba el papel de majadero ha publicitado las bondades de un coche diciendo algo así como que iba a llamar a sus hijos "wifi" o "wifo" o no sé qué memez.

El coche es de una marca alemana que presume de su germanidad en los anuncios. El contraste de la imbecilidad del anuncio con las palabras de Soledad Gallego son una verdadera metáfora de la civilización y la barbarie. En este caso, la barrera no la marca el "limes" con los pueblos bárbaros, sino la tendencia de tantos publicitarios a diseñar anuncios para descerebrados. Deben de divertirse mucho imaginando a un cliente potencial necio y ridículo. Ahí cobra sentido el uso de target, porque el personaje imbécil imaginado por ellos es una verdadera diana a la que le caen todos los dardos de los señoritos del casino, que matan el tiempo forjando la nueva imagen del tradicional tonto del pueblo.

La apelación a la racionalidad y la sensatez de la opinión de Soledad Gallego es la cara de una cadena de radio comercial; los anuncios de coches son la cruz de la búsqueda de ingresos para sostener la emisora. Lo que no se entiende es esa deriva publicitaria en la que unos creativos venden basura a una empresa que presume de seriedad mientras insulta burdamente la inteligencia y la dignidad de sus clientes potenciales.

Ah, sí. Es Opel.

martes, 22 de diciembre de 2015

Negacionismo histórico: cita

"El negacionismo no es una mera fabulación, una recreación más o menos fantasiosa sobre el pasado, que trata de divertir o entretener a los lectores. Tampoco es simplemente una visión excesivamente ideologizada sobre determinados hechos históricos. Más allá de todo eso, el negacionismo se define como un fraude historiográfico, es decir, una lectura del pasado que pretende adoptar la apariencia de análisis riguroso y científico pero que, en realidad, se basa en la manipulación y la tergiversación de los testimonios y de las fuentes".

GARCÍA SANJUÁN, Alejandro: La conquista islámica de la Península Ibérica y la tergiversación del pasado, posición 5876. Madrid, 2013.

El énfasis con negrilla es mío. Me gusta esta definición, clara y sintética, del negacionismo.

viernes, 17 de abril de 2015

Pseudohistoria: fuentes y no fuentes de la historia

Siempre ha habido pseudohistoria. Es mucho más fácil enredar invenciones y deducciones imaginativas que estudiar durante años para sentarse en un archivo a leer documentación o a masticar polvo en una excavación. Está mejor pagado, a juzgar por las cifras de ventas comparadas de Javier Sierra y de José Manuel Galán.  También reporta mayor popularidad, aunque este sea un valor en baja tras Gran Hermano.  Pero... ¿cuántos sabéis quién es José Manuel Galán? Exacto: José Manuel Galán es el egiptólogo.

La historia requiere método y capacidad analítica. Parte esencial del método histórico es la fuente, nombre ilustrativo que damos a los recursos de donde se sacan las informaciones necesarias. Las fuentes se clasifican como primarias o secundarias, dependiendo de si son documentos o restos originales o si se trata de escritos elaborados por otros expertos. Una fuente secundaria podría ser el artículo de James Casey titulado “Queriendo poner mi ánima en carrera de salvación”: la muerte en Granada (siglos XVII-XVIII); una fuente primaria, los testamentos originales que James Casey consultó para poder escribir su artículo. No hay trabajo histórico sin fuentes, sean documentales o de restos de cultura material.

La imaginación, la suposición y la sospecha no son fuentes de la historia. Con ellas se han tejido muchas historias apócrifas que han servido incluso para deshacerse de enemigos políticos, como atestiguan en tiempos recientes la conspiranoia de los cazadores de masones y criptocomunistas. Incluso se han falsificado documentos y restos, haciéndolos pasar como legítimos instrumentos del pasado. La famosa “donación de Constantino”, con la que los papas justificaban su poder sobre los Estados Pontificios, fue desmontada por métodos filológicos por el gran Lorenzo Valla, que con su crítica puso en solfa una creencia sostenida durante siglos por los partidarios del poder temporal del papa. Muchos fueron los intelectuales de los siglos XV a XVIII que pusieron en tela de juicio esas falsificaciones que, desde reliquias a documentos de bronce, sostenían una maraña de mentiras y de dogmas incontestables. A tal punto llegó la crítica, que se acuñó el concepto de “dolo pío” para justificar que se siguiera aceptando la veracidad de cosas que se sabían falsas, con el único fin de promover la piedad del pueblo sencillo. Sencillo, en este caso, quiere decir analfabeto y pagador de bulas, diezmos, primicias y pechas.

Pero dejaré de momento el espinoso asunto de la falsificación de fuentes. Para los cazadores de misterios, no es necesario llegar tan lejos: hay quien extrae curiosas suposiciones de un despeñadero conceptual y analítico procedente de la nada.  O de la medio nada que, al igual la medio mentira, es aún más dañina.


jueves, 22 de enero de 2015

También el papel miente: "por hacerme amistad y buena obra"

El estudiante de Historia recibe a lo largo de cuatro o cinco años un verdadero baño terminológico, del que emergen repetidamente ideas relacionadas con la dificultad del análisis. Hay “factores múltiples”, “causas complejas” y “contextos”. Muchísimos “contextos”.

La peligrosidad del contexto es digna de Escila, Caribdis y los Cuatro Jinetes del Apocalipsis juntos. No hay profesor ni escrito de metodología histórica que no haga hincapié en la peligrosidad de un contexto escurridizo al que hay que prestar atención con los cinco sentidos. Sacar las cosas de contexto es, para el historiador, mucho peor que sacar los pies del plato: es abominar de una piedra angular de la disciplina. Descontextualizar es propio de gacetilleros de tres al cuarto: los historiadores formados saben prestar atención a ese contexto que debería festonear los títulos de Licenciatura o Grado, a modo de encaje de bolillos sobreimpreso.

Una forma de entender esta lucha por el contexto es dejar sentadas las diferencias culturales que nos separan de nuestros antepasados. Y uno de los errores habituales es cargar las tintas en las diferencias y no reconocer los parecidos. No es extraño que así ocurra, porque la historia analiza cambios a través del tiempo, y las diferencias saltan a la vista con más viveza que las largas líneas de continuidad que configuran esa unidad del género humano que trasciende épocas y lugares.

Rindo pleitesía al contexto, desde luego. Pero no puedo evitar observar las continuidades, lo que nos une a quienes vivieron siglos antes que nosotros. Cuando leo documentación antigua, lo primero que me salta a la vista es lo parecidos que somos. Esa unidad del género humano me fascina y me conmueve. Incluso me hace reír en los archivos, que no son los sitios más idóneos para soltar una carcajada, ante la mirada sorprendida y ocasionalmente cómplice de los otros investigadores.

Maliciosa como soy, lo que más llama mi atencion es lo mucho que nos parecemos en las flaquezas: el disimulo de la mala acción, las excusas para no pagar a los deudores, las mentiras para no cumplir palabra de matrimonio.

La ocultación de actos indebidos daría pie a redactar una enciclopedia. Humanos somos: obramos mal y tratamos de borrar las huellas de nuestras acciones impropias. Buscamos excusas, nos justificamos como podemos. Y aportamos información incorrecta a las autoridades y a los fedatarios públicos para eludir las consecuencias de nuestras trapacerías.

Historiadores del futuro: no busquéis datos para los precios de la vivienda en las escrituras notariales de finales del siglo XX. Los precios consignados en esas escrituras os darán una idea aproximada del montante total de la operación pero, en algunas ocasiones, el precio escriturado es inferior al dinero realmente entregado. La diferencia es difícil de establecer. Un diez, un veinte por ciento. Lo que se consideraba que no llamaría la atención de la autoridad fiscal. Viendo el cuidado con que se revisan las declaraciones del IRPF, resulta difícil creer que se escriturase por debajo del dinero entregado, pero así parece que ocurría.

En conductas así tenemos a quién parecernos: nuestros antepasados declaraban ante notario cosas totalmente inverosímiles, que hacían constar por escrito para encalar de credibilidad la fachada. En las sátiras, los escribanos proporcionaban el modelo para la hipocresía. Nadie los criticó con tanta saña como Quevedo, que los condenaba al infierno en sus Sueños y los tachaba de venales en su Mundo es juego de bazas:
  
El escribano recibe
cuanto le dan sin estruendo,
y con hurtar escribiendo,
lo que hurta no se escribe.

Los seres humanos somos especialistas en saltar vallas y evitar las puertas con que algunos quieren cerrar el campo. La evasión fiscal daría para escribir volúmenes llenos de argucias de todo tipo, acompañadas del mazo con el se golpea al débil y el encaje de seda con que se acaricia al poderoso. La historia de la Carrera de Indias es la historia de la evasión fiscal por antonomasia. Y aún hay historiadores que afirman que hay descenso de comercio donde lo que realmente baja es el volumen de efectos declarados.

Historiadores del presente: no busquéis datos sobre préstamos con interés en las escrituras notariales del siglo XVII. Poco encontraréis sobre una práctica condenada por la religión y el uso social. Buscad más bien, si queréis reír a mandíbula batiente, esos documentos en los que se afirma que Fulánez devuelve a Mengánez la cantidad de X maravedís, que es exactamente la misma que recibió tiempo atrás, y que Mengánez le había entregado “por hacerme amistad y buena obra”. Leedlos con atención y desacralizad la letra escrita, que no por quedar fijada en el papel es más veraz que un chisme.

Que el escribano firmase escrituras no significa que cuanto en ellas figure sea cierto y verificable. El escribano da fe de lo que las partes declaran. Y si Fulánez afirma que Mengánez no le cobró intereses, el escribano lo consigna por escrito. Culpa nuestra será si damos al papel más valor del que tiene y aceptamos sin pestañear que en el siglo XVII no se estilaba cobrar intereses en los préstamos. Dar por bueno el papel sellado equivale a creer que en el Siglo de Oro los préstamos eran adelantos que amigos y familiares hacían a sus seres próximos y que no se hacían pagar el riesgo ni la ganancia; a creer que aquellos traspasos de fondos obedecían a la “amistad y buena obra” y no al ánimo de lucro. Muy filantrópica la sociedad del Siglo de Oro; esa misma sociedad que consigna y valora hasta la última hilacha que lleva encima de dote la mujer y el último botón de los bienes que se legan en testamento.

“Por hacerme amistad y buena obra” significa un interés variable incluido en la cantidad que se devuelve e incluido en la cantidad que se prestó, omitiendo la referencia a ese interés que algún maledicente podría tachar de usura. La amistad y buena obra significa, por ejemplo, que doña María de Rueda y Cabrera y don Francisco Santiago Galardi no recibieron los 180 doblones de a dos escudos de oro que, según se afirma en la escritura,Vicente y Domingo Cantuchi le habían entregado en enero de 1703 (*). Recibieron una cantidad menor que, junto con los intereses, sumaban esos 180 doblones. De ningún modo podía figurar algo que recordase a la usura, ya que los Cantuchi eran Secretarios de la Cámara Apostólica y habría quedado muy feo reconocer que agentes de la Santa Sede se dedicaban al préstamo con interés. La investigadora que leyó la escritura no creyó ni por un segundo que esos banqueros florentinos al servicio del papa se dedicaran al adelanto de fondos por amor al prójimo. Esquivar los peligros del contexto nos vuelve suspicaces, y no vemos altruismo en los actos documentados de los banqueros del siglo XVII.

Historiadores del futuro, historiadores del presente: no aceptéis acríticamente la letra de los documentos. Os intentarán colar de rondón intereses camuflados, precios incompletos, amistades inexistentes, empresarios ectoplásmicos. Ojo. Ojo al contexto.





(*) Archivo Histórico de Protocolos Notariales de Madrid, Pº 11.716 Folio 122 r – 123 v.

domingo, 4 de enero de 2015

Historia romana: la historieta sexual como sucedáneo

El artículo que publica hoy Jot Down sobre Heliogábalo ("Los crímenes de Heliogábalo", de Rubén Díaz Caviedes),  forma parte de una manera inane de escribir sobre historia, que consiste en transmitir las crónicas presuntamente escandalosas y omitir cualquier información útil para entender lo que sucedía en la Roma de entonces.  Un equivalente podría ser un hipotético artículo escrito en el año 3980, que presentara la historia de la presidencia de Bill Clinton limitándose a dar cuenta de sus relaciones extramaritales.

La historia es una disciplina exigente que requiere, para empezar, una crítica de fuentes estricta. La crítica de fuentes no es sencilla, y su dificultad aumenta  cuando se necesita un conocimiento asentado de idiomas ajenos.

Al menos, se necesita conocimiento y juicio crítico. Porque, si no, es fácil tomar atajos que solo conducen a la letrina. Y uno de esos atajos consiste en ver todo un imperio a través de un catálogo de cotilleos sexuales.

Hay más probabilidades de divertir al lector con los gustos sexuales del emperador que con el conjunto de intereses que representaban las influyentes mujeres de la familia de Heliogábalo. Ellas movían los hilos del poder, pero no se exhibían acostándose con sementales, ni salían por ahí enseñando el trasero. No son interesantes para esos relatos palanganeros.

No dudo que el artículo de Jot Down haya hecho las delicias de muchos lectores, y es probable que su autor haya tenido la modesta intención de contar en tono jocoso unas historietas sexuales. Pero el conocimiento habitual sobre los emperadores está plagado de sexo desde hace siglos. Echo en falta una aproximación divulgadora en torno al imperio romano menos cotilla y, sobre todo, más aprovechable intelectualmente.

Nota final: No enlazo el artículo publicado en Jot Down porque hay sobradas dudas sobre las consecuencias de la ley de propiedad intelectual en torno a los enlaces en los blogs.

martes, 8 de abril de 2014

Homeopatía en el DRAE: ni original, ni correcta

Comparemos la entrada "homeopatía" del Diccionario de la Real Academia Española con la entrada "homéopathie" del Dictionnaire de l'Académie Française.

Transcribo literalmente la actual definición, según la 9ª Edición (y última) del Dictionnaire:

"HOMÉOPATHIE. n.f. XIXe siècle. Adaptation de l'allemand Homöopathie, terme créé à partir du grec homoios, "semblable", et pathos, "ce que l'on éprouve".
MÉD. Méthode thérapeutique qui consiste à administrer, à doses infinitésimales, une substance pouvant provoquer, à doses plus élevées, des symptômes analogues à ceux de la maladie considérée. L'homéopathie s'oppose à l'allopathie".

Comparad con la definición del Diccionario de la Real Academia Española:
"Sistema curativo que aplica a las enfermedades, en dosis mínimas, las mismas sustancias que, en mayores cantidades, producirían al hombre sano síntomas iguales o parecidos a los que se trata de combatir".

Podríamos decir que la versión española es hermana melliza de la francesa. Solo le falta la coletilla final de "oposición a la alopatía".

Muchos criticamos con razón las desoladoras entradas sobre Franco o Escrivá de Balaguer en el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia. Soy incapaz de entender que los científicos que ocupan sillón en la Real Academia Española consientan esa definición acrítica de homeopatía, calificada,  ni más ni menos,  que de "sistema curativo".

viernes, 14 de junio de 2013

Dedicado a Fani Grande: una jocosidad sobre cremas de frío

Titular ficticio


Diario de Navarra
Una imbécil (de Madrid tenía que ser) muere de hipotermia en la noche más calurosa del año

El titular es falso. Diario de Navarra nunca publicó un titular descalificando a los madrileños, ni tratándome a mí de imbécil. Este era el titular que me autoimpuse, en plena vena masoquista, mientras me castañeteaban los dientes de frío helador en una noche sofocante de Sanfermines.

¿Cómo es posible padecer ese frío espantoso en una tórrida noche de julio? Muchas mujeres habrán averiguado la respuesta: era el efecto de una crema efecto frío.

Soy de la cosecha del 64, como aquellas míticas añadas de Ribera del Duero y Rioja. Pero olvidemos los parentescos vinícolas: lo que realmente interesa es que estoy a punto del medio siglo y, por tanto, soy para la industria cosmética eso que los cursis llaman “target”. Cuando los publicistas huelen cuarentonas y cincuentonas con relativo poder adquisitivo, sufren un subidón de adrenalina, imaginándose un espectáculo de tarjetas de crédito voladoras. Todo ello con Forever Young como banda sonora. La cuarencincuentona de hoy no se gasta el dinero en novenas. Sacrifica en el altar de otros dioses: Eterno Juvenil, Debelador de Celulitis y, el más ridículo de todos, Estás Mejor Ahora Que Con Veinte Tacos.

Pero yo soy atea desde pequeñita y, como decía el del chiste a unos testigos de Jehová que querían convertirle: “Sí, hombre, no creo en mi religión, que es la verdadera... como para creer en la suya”. Así que no le pongo cirios a Fátima y Lourdes, las patrocine el Vaticano o toda la industria cosmética en pleno. Las arrugas salen y se quedan. Se te van cayendo las cosas que tenías más o menos firmes. Y, lo peor, te quedas medio minuto en el umbral de la cocina preguntándote qué cuernos has ido a hacer allí, si lo que llevas en la mano es el ordenador portátil.

La escasa eficacia de los milagros a tantos euros el frasco o la inyección quedan acreditados gracias a las revistas del corazón y los programas del hígado, donde vemos a mujeres muy adineradas luciendo una facha espantosa, con el morro inflado, la cara de susto, las manos de cocodrilo junto al brillo paralítico del bótox. Lasciate ogni speranza voi ch’entrate: ni todo el dinero del mundo puede contra el paso del tiempo.

Las cremas efecto frío se venden como remedio para las flaccideces, la mala circulación sanguínea y, agárrense, la celulitis. He visto atletas de alta competición con celulitis, y ahora nos cuentan que una crema efecto frío pone coto a la temida piel de naranja. Ya. Juas.

¿Qué hacía yo, entonces, untada en crema efecto frío? Algo lógico: quitarme el calor de encima. El mes de julio de 2010 fue particularmente caluroso en Pamplona, donde me encontraba pasando las fiestas. Serán los genes asturianos, pero odio el calor. Lo odio con toda mi alma, algo engorroso para alguien de Madrid, donde tenemos cuatro estaciones: invierno, Chamartín, verano y Atocha. En verano me arrastro de aire acondicionado en aire acondicionada y me disloco la muñeca a abanicazos.

Esos Sanfermines, y después de un día abrasador, me di una buena ducha. Pero aquella noche no corría ni una brizna de aire, y el calor seguía siendo insoportable. Así que recordé que había comprado una crema refrescante para mi pierna recién operada (adiós, safena, adiós). Y me unté una dosis generosa por el cuerpo.

Decía Santa Teresa, que tenía puntas de mujer sabia, que se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las denegadas. Quise olvidar el calor abrasador, y me moría de frío. Ventanas cerradas. Dos mantas. Una temblequera intensidad Niña del Exorcista. Y el titular masoquista que abre esta entrada:

Diario de Navarra
Una imbécil (de Madrid tenía que ser) muere de hipotermia en la noche más calurosa del año



P.S. Sigo utilizando la crema para quitarme el calor de encima. Basta con observar dos precauciones: no administrarla jamás después de una ducha y extender cantidades pequeñas de producto. Así aplicada, me ha salvado de calores insufribles. Y, teniendo en cuenta que es mentolada, una pequeña cantidad en las fosas nasales evita aguantar los malos olores de esos muertos pútridos vivientes que infestan los transportes públicos urbanos.

Dedicado a Fani Grande (elfemurdeeva.blogspot.es)